Cuando los protestantes objetan al catolicismo diciendo que simplemente somos lacayos de un solo hombre, porque obedecemos como «borregos» lo que dice un Papa y dejamos, supuestamente, muerta nuestra conciencia, haciendo lo que estos llaman «suicidios intelectuales», algunos católicos responden que, al final de cuentas, los protestantes son un Papa para sí mismos.
La idea es simple: como dijo el destacado teólogo reformado Keith Mathison, en su crítica a solo scriptura, es que «cualquier apelación a las Escrituras es una apelación a una interpretación de las Escrituras»1. Más adelante, Mathison admite que la utilidad de las Escrituras depende de quién las lee, interpreta y hace exégesis. También señala que «para que el Espíritu Santo hable a través de las Escrituras, debe estar involucrada alguna agencia humana»2.
Los católicos señalan que, en última instancia, no hay una diferencia práctica entre sola scriptura y solo scriptura. Veremos esto en otro artículo, pero para no dejar sin contexto, la afirmación dice que cuando se trata de interpretar las Escrituras tanto los partidarios de sola scriptura y solo scriptura reclaman estar obedeciendo la Palabra de Dios. Sin embargo, sola scriptura, en teoría, no rechaza a otras autoridades subordinadas a las Escrituras siempre que hablen de acuerdo a ellas, mientras que solo scriptura rechaza todo tipo de autoridad externa y confía únicamente en su juicio privado. Así, los partidarios de sola scriptura «leen las Escrituras en comunidad, respetando autoridades pastorales, confesiones y tradiciones ecleasiales», mientras que quienes sostienen solo scriptura leen la biblia de forma aislada, distanciados de cualquier influencia sobre su interpretación de la Palabra de Dios.
¿Dónde está la igualdad práctica? En el hecho de que, al final de cuentas, ambos rechazan ciertas autoridades, o afirmaciones de estas autoridades, porque no concuerdan con su propia interpretación de las Escrituras. Aunque sola scriptura está abierta a escuchar a tradiciones, concilios, pastores y maestros, si estos no pasan su propio filtro de ortodoxia, entonces simplemente no los escuchan o los critican. Sola scriptura dirá que esto es en virtud de que no concuerdan sus enseñanzas con lo que dice la biblia, pero recuerden a Mathison: toda apelación a lo que dicen las Escrituras, es una apelación a una interpretación de las Escrituras. En suma, lo que quieren decir los partidarios de sola scriptura es: «no confío en tu interpretación de las Escrituras porque no concuerda con mí interpretación de las Escrituras», y eso los deja exactamente donde mismo que solo scriptura.
De ahí la afirmación católica de que los protestantes son su propio Papa. Así como el Papa ha lanzado en algunas ocasiones definiciones doctrinales vinculantes para todos los cristianos, los protestantes hacen exactamente lo mismo, pero para su propia conciencia, en primer lugar, y luego para sus correligionarios. Si nadie pasa por su propio filtro de ortodoxia, son herejes, o, en el mejor de los casos, simplemente están desobedeciendo la Palabra de Dios, lo cuál no sé que es peor.
En respuesta, algunos protestantes hacen un argumento tu quoque (una locución latina que significa tú también). Según ellos, el católico hace la misma jugada epistemológica al momento de decidir quién tiene la verdad, pues incluso para aceptar que la Iglesia Católica fue instituida por Cristo y ésta, a su vez, fue dotada de un carisma de infalibilidad para proclamar doctrina, todo se sigue de un examen individual de los hechos bíblicos e históricos.
Debo admitir que es una réplica inteligente y bien intencionada, pero insuficiente al final de cuentas. La Iglesia católica ciertamente reconoce el papel de la conciencia individual en los creyentes. El catecismo (1778) reconoce que «la conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto».
Lo que esto indica es que el ser humano tiene una autonomía y no puede ser coaccionado para que siga algo que no cree que sea recto moralmente hablando. Tanto el católico como el protestante parten desde una paridad epistémica buscando dónde está Revelado todo Cristo: ambos se acercan a la biblia, la historia o los Padres de la Iglesia buscando a la Iglesia verdadera. La diferencia está en lo que sucede después y cuáles son las garantías epistemológicas del paradigma de autoridad que se adopta.
Mientras que el católico ejerce su conciencia individual al identificar los motivos de credibilidad que hacen plausible que la Iglesia católica sea aquella Iglesia que fundó Jesucristo, y luego decide someter esa conciencia individual a los decretos de esta, de tal modo que su inventario de creencias se ve regulado por una Iglesia que ha sido dotada de un don de infalibilidad e indefectibilidad, el protestante continúa ejerciendo su conciencia individual para determinar qué doctrinas son ortodoxas aún después de haber aceptado los motivos de credibilidad del protestantismo.
Bajo el supuesto de la perspicuidad de las Escrituras (aquella doctrina que afirma que todas las cosas esenciales para la salvación se encuentran claramente en la Biblia), los protestantes evaluarán toda la autoridad con la misma biblia: tradiciones teológicas, pastores, maestros, Padres de la Iglesia, etc., para saber si sus enseñanzas concuerdan con el recto mensaje del Evangelio.
Sin embargo esto es solo una apariencia. Recordemos lo que dijo Mathison: «toda apelación a lo que dicen las Escrituras es una apelación a una interpretación de las Escrituras». El protestante que dice que cierta tradición, confesión de fe o concilio ecuménico se equivoca porque la biblia los contradice, lo que realmente está diciendo es que estos organismos se equivocan porque la interpretación de este protestante los contradice. Como dijo Mathison, «no podemos poner una Biblia sobre una mesa y pedirle que resuelva nuestra diferencia de opinión como si fuera una Ouija»3, o en otras palabras, no podemos poner a la Biblia en el banquillo de los acusados e interrogarla para que se pronuncie sobre sí misma.
A diferencia del protestante, el católico no tiene que pelear su interpretación personal de las Escrituras con los Concilios, el Papa o el Magisterio. Por el contrario, el católico que ha aceptado esta fe decide someter humildemente su conciencia a la Iglesia en virtud de las promesas que Cristo ha hecho sobre ellas. Como dijo San Ignacio de Loyola:
Debemos siempre tener, para en todo acertar -es decir, para no equivocarse- que lo blanco que yo veo, creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina.4
Nótese que no dice «lo que es blanco es negro», sino «lo blanco que yo veo, es negro». Es decir, que si mi conciencia individual me dice que algo es blanco, pero la Iglesia, dotada de infalibilidad, dice que es negro, quien tiene la garantía y la divina protección es la Iglesia, no mi conciencia. A diferencia de la Biblia, el Magisterio católico sí puede ponerse en el banquillo de los acusados y hacerle preguntas para que resuelva nuestras inquietudes, o sin necesidad de cuestionarlo, puede pronunciarse en el momento indicado según lo amerite la necesidad.
Así, mientras que en el protestantismo impera la conciencia individual incluso después de haber abrazado su nueva fe, en el católicismo la conciencia individual es regulada por el Magisterio de la Iglesia. Hay un interprete autorizado que declara enseñanzas vinculantes y no privadas. Por ello, la objeción tu quoque fracasa.