Un acierto que concedo a las críticas de los reformadores protestantes, es la que tiene que ver con las inclinaciones malsanas que el catolicismo, sobre todo popular, tenía hacia María. Esto no es cosa del pasado. En la época moderna, el Papa Pablo VI publicó su encíclica Marialis Cultus donde exhortaba a los fieles a tener una correcta devoción a la Madre de Dios, evitando tanto el menosprecio como el exceso.
La Iglesia es muy consciente de este problema. El 4 de noviembre del 2025, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó Mater Populi Fidelis, donde exhortaba al pueblo católico usando la misma dirección que Pablo VI, aunque aquí abordando cuestiones muy puntuales de la alta teología como el uso público de los títulos «corredentora» o «mediadora». La reacción de algunos sectores tradicionalistas fue efusiva, sentían que la Madre de Dios estaba siendo menospreciada y que se le estaban negando privilegios que Dios le había concedido.
Tengo un problema personal con esta palabra en relación a María: «privilegio», ¿qué es un privilegio? Observando un diccionario convencional como la RAE, un privilegio es definido como una «exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia» (https://dle.rae.es/privilegio). Esa idea de «exclusividad» es precisamente la que me resulta chocante, y está ligada a la noción de privilegio.
En algún sentido, quizás redefiniendo el término o usándolo de manera coloquial, así como usamos muchas palabras sin saber su significado pero estamos acostumbrados, María fue «privilegiada»: tuvo a Jesús en su vientre, lo amamantó, lo cuidó, lo educó y fue una autoridad sobre él según el mandamiento de honrar a la madre. Pero si nos vamos al significado preciso de «privilegio», seguirlo aplicando a María puede correr el riesgo de olvidarnos del motivo de los «privilegios» que a María se le han dado, y precisamente cuando descubrimos el sentido de estos «privilegios» dejan de ser tales.
La Iglesia concede cuatro grandes dogmas sobre María: maternidad divina, virginidad perpetua, inmaculada concepción y asunción corporal a los cielos. Cada una de estos dogmas son llamados «privilegios» por muchos teólogos, sobre todo por aquellos mariólogos del siglo XIX. Se les llama así porque se entiende que Dios ha concedido estos a María por medio de su gracia: es Madre de Dios porque halló gracia ante los ojos de Dios; es virgen perpetua porque Dios le concedió la gracia para ser fiel a su celibato; es inmaculada desde su concepción en atención a los méritos de su Hijo, y finalmente fue asunta al cielo por el poder de Jesucristo, porque decimos que fue asunta y no que tuvo una ascensión, como sucedió con Jesús.
Pero el problema está en que al llamar a estos carismas «privilegios» corremos el riesgo de verlos como simples atribuciones arbitrarias a un ser humano particular. El privilegio evoca el significado de algo que se concede a un referente y no a otros; algo que se da para su beneficio y no el de otros. Sin embargo, la Iglesia ha insistido en dos cosas importantes cuando se habla de los cuatro dogmas marianos o, incluso, de aquellas verdades sobre María que no se han definido solemnemente: 1) que glorifican a su divino Hijo y que 2) son para el beneficio de la Iglesia.
Durante el Concilio Vaticano II existió un gran debate teológico. La redacción del capítulo VIII de la Lumen Gentium fue objeto de acalorado debate y sometidas a votaciones muy parejas. Siendo el primer concilio que dedicaría un capítulo extenso a hablar de forma partícular sobre la Madre de Dios, esto era de esperarse.
En el Concilio se encontraban dos corrientes mariológicas predominantes: aquellos que tenían una perspectiva cristológica de la mariología (corriente cristotípica) y los que la veían más de un enfoque eclesiológico (corriente eclesiotípica). El concilio no trató de sanjar estos debates, y en cambio, como señala el mariólogo Juan Bastero, «este texto magistral contempla a María desde una perspectiva histórico-salvífica» (Bastero, J. (2009). María, Madre del Redentor. España: EUNSA, p. 70).
Me parece que el Concilio fue sabio en esto. Contemplar a María únicamente en dirección a su unión con Cristo es hacer de ella una persona muy distante a nosotros, casi como un ser sobrehumano, por no decir divino, al cual no tenemos expectativas de alcanzar. De esto han sido culpables muchos teólogos, cuando se adorna a María con excesivos títulos, carismas o privilegios, se pierde de vista el sentido que tiene todo lo que Dios le ha dado a nuestra Señora. Como señala el P. Wilfrid Stinissen: «los teólogos a menudo le han hecho un flaco favor al adornarla con todos los privilegios posibles, convirtiéndola en una criatura extremadamente exaltada con la que ya no se puede tener ninguna relación humana» (Stinissen, W. (2018). Mary in the Bible and in Our Lives. San Francisco: Ignatius Press, ch. 1).
Por otro lado, una perspectiva meramente eclesiológica puede hacernos olvidar que todo lo que tiene María se lo debe únicamente a Cristo. Incluso sus méritos fueron gracias a la ayuda divina que la capacitó desde su concepción para que su conciencia fuera un «sí eterno», un sí a la voluntad del Padre.
Si caemos en estos extremos me parece que no tenemos una perspectiva adecuada sobre María. María fue una mujer extraordinaria, pero no todo lo que tuvo, todo de lo que goza, es en beneficio de los hombres. Dios no llenó a María de dones (me parece un término más adecuado) para hacer uso de ellos en beneficio de la humanidad. Una noción histórico-salvífica sobre María hace de ella no un ser humano que está por encima de nosotros y al cual no podemos mirar a la cara, sino apenas besarle los pies. María, como la hija más obediente de Dios, es nuestra adorable hermana que comparte con nosotros lo que Dios le ha dado. A esto los mariólogos le llaman «solidaridad salvífica»: María recibe por gracia, y por gracia concede (cf Mt 10,8)
Los párrafos 55-56 de Lumen Gentium plasman el enfoque adecuado que debemos de tener sobre María. En estos textos, los padres conciliares hablan de María como profetizada en el Antiguo Testamento y actuando en el Nuevo. Hablan de su relación cercana con su Hijo y de su cooperación en la obra redentora. Específicamente el párrafo 56 es esclarecedor sobre su cooperación. Permítanme citarlo en su totalidad, poniendo énfasis en los lugares donde hablan de su papel instrumental:
Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande. Por lo que nada tiene de extraño que entre los Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como «llena de gracia» (cf. Lc 1, 28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María».
San Ireneo es clave aquí: llama a María «causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Esto da perfectamente en el clavo: si María hubiera recibido solo privilegios, no podría otorgarnos nada de ellos; pero como vemos que nos otorga innumerables gracias, por eso le llamamos mediadora de todas las gracias, eso significa que sí tiene potestad de compartirnos aquello que ha recibido de su divino Hijo.
María es Madre de Dios, pero también es Madre nuestra; María fue virgen perpetua, pero también lo fue para ser modelo de virginidad para las consagradas; ella fue inmaculada desde su concepción, pero lo fue con el fin de ser una morada digna para su Hijo y, a su vez, alcanzarnos todas las gracias de Cristo, porque la oración del justo puede mucho (Stg 5,16) al mismo tiempo que nos permite contemplar que la perfección es alcanzable para el ser humano. Y, finalmente, María fue asunta al cielo, y en ella vemos nuestra realidad escatológica con esperanza, vemos el valor del cuerpo humano. La asunción, junto a su inmaculada concepción, hacen de María un tipo de la Iglesia, una realidad alcanzable que le da consuelo a la Iglesia peregrina.
La Santísima Virgen es ciertamente una mujer extraordinaria, pero todo lo que tiene es también nuestro. Esto lo deja claro Jesús en un pasaje enigmático, donde a primera vista puede parecer que rebaja la dignidad de su madre:
Y sucedió que mientras decía estas cosas, una de las mujeres en la multitud alzó su voz y le dijo: ¡Dichosa la matriz[r] que te concibió[s] y los senos que te criaron! Pero Él dijo: Al contrario, dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan. (Lucas 11,27-28).
Muchos protestantes han dicho que aquí Jesús negó toda veneración a María, pero no es ese el caso. Jesús no podría decir que María no era dichosa, porque María misma dijo que todas las generaciones la llamarían bienaventurada (cf Lc 1,48). Entonces, lo que creo que aquí está pasando es que Jesús precisamente niega un privilegio a María: la mujer de la multitud no solo halaga a María, también halaga a Cristo. En otras palabras, la mujer está diciendo algo como «qué gran privilegio de tu madre de tener a un hijo tan maravilloso como tú». Jesús, en cambio, parece querer decirles: «¡pero yo no soy solo para mi madre, también soy de ustedes!». María no tiene un privilegio por haber llevado a Jesús en su vientre y amamantarlo, porque Cristo no fue dado solo a María.
Los mariólogos suelen hablar de María como entregando a su Hijo de manera oblativa al género humano. Es decir, María recibe a Cristo como un don, le es dado para ayudarlo en su misión salvífica, pero luego, como madre, tiene que dejar que su Hijo cumpla su misión, porque Cristo no vino solo a ser hijo de María y que solo ella disfrutara de sus dones, eso sería un privilegio, sino que vino a salvar lo que se había perdido (cf Lc 19).
En conclusión, hago un fraternal llamado a ser prudentes en nuestra devoción a la Madre de Dios. Y no, no soy un católico tibio. Soy un católico profundamente mariano, pero menos de lo que me gustaría serlo. Amo mucho a mi Madre, deseo amarla cada día más y compartir esta devoción con todo el mundo. Pero creo que la honro mejor cuando entiendo su papel en la obra de la Redención; cuando admiro a Dios por lo que ha hecho en ella y cuando la admiro a ella cuando se muestra solidaria compartiéndonos de lo que Dios le ha dado.
¡Santa María, ruega por nosotros!