La divinidad de Jesús en los evangelios sinópticos

Cuando pensamos en pasajes de las Escrituras para sostener la divinidad de Jesús, es común recurrir al Evangelio de Juan, en él podemos encontrar algunos textos fundamentales, como Juan 1,1: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Sin embargo, algunos escépticos dicen que al acudir a los Evangelios sinópticos, pareciera que esto no es tan evidente, de hecho, muchos sostienen que en ellos no se encuentra un fundamento claro para la divinidad de Jesús. 

Por ejemplo, Ernest Renan sostuvo:

No cabe ninguna duda de que Jesús nunca soñó con hacerse pasar por una encarnación de Dios. Esa idea era totalmente ajena a la mentalidad judía; y no hay rastro alguno de ella en los «evangelios sinópticos»…1

Según Renan, en los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) no hay pruebas de que Jesús se considerara un ser divino. Además, desde su perspectiva, esta idea habría sido totalmente extraña para la mentalidad judía de la época. Por eso, resulta muy valioso analizar un pasaje de estos textos que contradicen el escepticismo de Renan. Sin embargo, será importante comprender el entorno judío en el que se desarrollan estas escenas, o lo que el especialista en el Nuevo Testamento, Brant Pitre, define como «las raíces judías de la divinidad de Jesús».

Jesús calma la tormenta

En los evangelios sinópticos se relata un episodio en el que Jesús calma una tormenta que amenaza a los apóstoles en su barca mientras él duerme. El evangelio de Marcos lo describe así:

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!» (Marcos 4, 31-35).

En el relato anterior, el cual también se encuentra en Mateo 8,23-27 y Lucas 8,22-25, destacan dos elementos fundamentales que revelan el carácter divino de nuestro Señor. El primero es su capacidad para calmar la tormenta, y el segundo es la pregunta que se hacen los apóstoles sobre la identidad de Jesús. 

Con respecto a la acción milagrosa de Jesús, cabe destacar que hacer milagros por sí solo no demuestra su divinidad. En el Antiguo Testamento vemos que otros personajes, como Moisés al levantar su bastón para dividir el Mar Rojo, también realizaron prodigios. Por lo tanto, en este pasaje lo verdaderamente importante es la naturaleza del milagro que realiza Jesús, ya que la capacidad de controlar las fuerzas del mar es una facultad exclusiva de Dios. Tal como comenta Pitre: «Una y otra vez, el Antiguo Testamento subraya cómo el Dios del universo muestra su poder al controlar dos de las fuerzas más poderosas de la creación: el viento y el mar»2.

Un ejemplo de estas prerrogativas sobre la creación se encuentra en el salmo 107 donde se nos narra:

Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar (Salmo 107,28-29).

Este texto guarda interesantes paralelismos con el episodio del Nuevo Testamento donde Jesús calma la tormenta. En ambos casos encontramos a marineros en una embarcación, la presencia de vientos y olas, el temor de la tripulación y la acción divina sobre la creación. Nancy deClaisse-Walford en su comentario a los Salmos menciona: «Los versículos 25-29 describen a Dios como el gobernante del mar, capaz de ordenar a sus aguas que cumplan su voluntad»3.

Al regresar al Nuevo Testamento, vemos cómo Jesús posee el poder del propio Dios al ordenar a la tempestad que se detenga. No obstante, alguien podría objetar que en el Antiguo Testamento se menciona cómo el mar se calma luego de que un grupo de paganos arroja a Jonás al agua (Jonás 1, 11-17), y nadie por ello afirma que él sea un ser divino. Sin embargo, esta objeción falla. En el relato antiguo no es Jonás quien por poder propio ordena que el mar se calme, sino que el milagro ocurre por acción directa de Dios luego de que los marineros claman al Señor. En contraste, Jesús es quien reprende directamente al mar diciéndole: «¡Silencio, enmudece!».

Sobre este episodio, Hahn comenta: «Jesús manifiesta su divinidad al ejercer autoridad sobre la naturaleza. Según el Antiguo Testamento, solo Dios tiene el poder de someter los mares embravecidos (Sal 89:9; 93:4; 107:28-29)»4. En resumen, las acciones de Jesús al doblegar a la naturaleza muestran su identidad divina, pero para entender este trasfondo es necesario recurrir a las facultades exclusivas de Dios que se describen en el Antiguo Testamento .

  1. Renan, E. (1927). The Life of Jesus. USA: Parkway Printing Company, pp. 239-40. ↩︎
  2. Pitre, B. (2023). En defensa de Jesús: Las pruebas bíblicas e históricas en favor de Jesucristo. España: Ediciones Cor Iesu, p. p. 143. ↩︎
  3. Walford, N. (2014). The Book of Psalms. USA: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, p. 819. ↩︎
  4. Hahn, S. & Mitch, C. (2010). Ignatius Catholic Study Bible: New Testament. San Francisco: Ignatius Press, p. 336. ↩︎

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