La torpe objeción de White a la veneración de los santos

Para distinguir el culto a Dios del que dirigimos a los santos, la Iglesia ha hecho precisiones terminológicas técnicas. El culto a Dios es aquel que llamamos «latría», mientras que el culto a los santos lo denominamos dulía. Sin embargo, existe una forma de culto que es más elevada que la dulía pero menos elevada que la latría, a la cual llamamos hiperdulía: un tipo de culto específicamente dirigido a María. 

En su obra clásica contra el catolicismo (The Roman Catholic Controversy), James White hace una crítica a estas distinciones basándose en lo que las Escrituras dicen al respecto. Para ello, White cita a Juan Calvino como punto de referencia para comenzar la discusión: 

De hecho, la distinción entre latria y dulia, como ellos las llamaban, fue inventada para que los honores divinos pudieran parecer transferidos impunemente a los ángeles y a los muertos. Pues es evidente que el honor que los papistas tributan a los santos realmente no difiere del honor tributado a Dios. En efecto, adoran a Dios y a los santos indistintamente, salvo que, cuando se ven acorralados, se escabullen con el pretexto de que conservan intacto para Dios lo que le es debido, puesto que le reservan la latria. Pero dado que lo que está en cuestión es la cosa misma y no la palabra, ¿quién puede permitirles que traten a la ligera el más importante de todos los asuntos? Pero —dejando esto también de lado— su distinción se reduce en definitiva a esto: rinden honor [cultus] a Dios solo, pero se someten a servidumbre [servitium] para con los demás. Pues λατρεία entre los griegos significa lo mismo que cultus entre los latinos; δουλεία significa propiamente servitus; y sin embargo en la Escritura esta distinción se difumina en ocasiones. Pero supongamos que la concedemos como invariable. Entonces debemos indagar qué significan ambas palabras: δουλεία es servidumbre; λατρεία, honor. Ahora bien, nadie duda de que es mayor ser esclavo que honrar. Pues con frecuencia sería difícil para uno ser esclavo de aquel a quien no le repugna honrar. Así pues, sería un trato desigual asignar a los santos lo que es mayor y dejar a Dios lo que es menor. Sin embargo, muchos de los escritores antiguos emplearon esta distinción. ¿Qué decir entonces, si todos perciben que no es solo inepta sino enteramente inútil?1

Ante esta crítica, cabe decir que las distinciones técnicas que la Iglesia ha precisado no toman su significado exactamente como está expresado en las Escrituras. La distinción entre dulía, hiperdulía y latría empieza a tomar mejor forma en la época de la escolástica, aunque ya hay presencia del uso de dulía y latría en los Padres de la Iglesia. Sin embargo, eso no significa que los términos hayan mantenido su precisión conceptual primitiva. 

Esto no es de extrañar. En las Escrituras encontramos el término hipóstasis (gr. hipostaseos) en Hebreos 1,3 y tiene el significado de naturaleza o sustancia. Cristo es la imagen viva misma de la sustancia del Padre. Sin embargo, para el siglo IV esta misma palabra griega vino a significar «persona» o «sustancia individual», mientras que para hablar de naturaleza o sustancia comenzó a utilizarse la palabra ousía. Si seguimos a Juan Calvino en este punto y leemos las Escrituras bajo la lente del siglo IV, deberíamos concluir que Hebreos 1,3 está enseñando que Cristo es la misma persona que el Padre, ¡y ahí tenemos al modalismo! Por supuesto, Calvino no negociaría esto. De hecho, tampoco diría que los Padres del siglo IV se equivocaron en hacer tales distinciones desprendiendo el término hipóstasis de su significado bíblico. 

James White pregunta: «¿es el uso y el significado bíblicos el factor más importante u ocupa la tradición romana la posición suprema?»2. Sin embargo, esta es una falsa dicotomía. Estas no son las únicas dos opciones. White asume que todos debemos atenernos única y exclusivamente al significado bíblico de las palabras, como si nuestra jerga debiera estar siempre condicionada a la de los hagiógrafos. Además, White presupone que solo las Escrituras son la norma suprema de la fe. El católico puede replicar que uno está justificado a usar el lenguaje de la Tradición ya que creemos que Dios se sigue haciendo presente a través de ella. 

Pero esto no es lo peor que White ha dicho. A continuación, White apela a Éxodo 20,5, donde se dice que no debemos adorar ni servir a ninguna imagen. El término hebreo utilizado para adorar es avad. White señala que este término hebreo se traduce normalmente como «servir», pero en contextos religiosos su traducción es «adorar». La septuaginta, por su parte, traduce avad con los términos latría y dulía. 

Hasta aquí el argumento de White parece estarse encaminando adecuadamente, pero es mera apariencia. Después de haber dicho esto, White cita Gálatas 4,8: «Sin embargo, en aquel tiempo, cuando no conocíais a Dios, erais esclavos (edouleúsate) de los que por naturaleza no son dioses». Edouleúsate es el aoristo-activo-indicativo de la segunda persona  del plural de douleúo (dulÍa). Pablo está hablando de un servicio a los dioses, no de adorarlos. 

Luego, White pregunta: «¿Hemos de asumir entonces, sobre la base de las definiciones romanas, que puesto que solo servían a estos ídolos quedaban libres del cargo de idolatría, dado que no tributaban también latria3. Pero esta es una pregunta bastante estúpida. 

En primer lugar, la Iglesia católica no dice que el significado de dulia y latría son de origen bíblico, así que no aplicamos «las definiciones romanas» para entender pasajes de las Escrituras donde se aplica un lenguaje técnico posterior. En segundo lugar, la Iglesia tampoco enseña que toda clase de servicio (dulía) es permisible para los cristianos. El catecismo de la Iglesia católica no dice que solo está prohibido adorar a los dioses falsos, sino también venerarlos: «El primer mandamiento […] exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios» (2112).

El catecismo se extiende en su rechazo de la idolatría utilizando términos no estrictamente significando lo mismo que la adoración. Habla de que honrar y servir a otras criaturas por encima de a Dios es un acto grave de idolatría: 

Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. «No podéis servir a Dios y al dinero», dice Jesús (Mt 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a «la Bestia» (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf Gál 5, 20; Ef 5, 5). (2113). 

La objeción de White es muy ingenua, en el mejor de los casos. Detrás de esto está un sr. White pensando que realmente los católicos creemos que podemos entablar una relación con Zeus, Isis u Horus siempre y cuando utilicemos términos como venerar, honrar o servir. Esto no debería ser ni siquiera motivo de reflexión por parte de ningún protestante.

  1. John Calvin, Institutes of the Christian Religion, 1:12:2. ↩︎
  2. White, J. (1996). The Roman Catholic Controversy. USA: Bethany House Publishers, p. 210. ↩︎
  3. Ibid. p. 211. ↩︎

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